Fraternidad en tiempos de likes
Ajá, telodije/Editorial/ Por Marijé Santacruz Ojeda
Hoy es el Día Internacional de la Fraternidad Humana.
Una palabra grande, poderosa… y paradójicamente cada vez más ligera en la era digital.
Vale la pena empezar por el origen.
Fraternidad viene del latín fraternitas, que significa hermandad.
Comparte raíz con frater: hermano.
No habla de afinidad, ni de ideología, ni de coincidencias.
Habla de reconocer al otro como un igual, incluso cuando no lo conozco, cuando no piensa como yo, cuando no me resulta cómodo.
Históricamente, la fraternidad no nació como una idea bonita, sino como una respuesta al abuso, a la desigualdad y a la exclusión.
Por eso apareció en los momentos más duros: guerras, crisis, tragedias, desastres naturales.
Ahí donde caen las jerarquías y queda lo esencial.
En México lo hemos visto muchas veces.
Y en Sonora también.
Pero hoy, la fraternidad se nos está quedando corta.
Vivimos en una era donde decimos ser fraternos con un like.
Somos solidarios con un emoji, empáticos con una historia compartida.
Escribimos ánimo, fuerza, qué lamentable…
y seguimos scrolleando.
Y mientras tanto, la vida real sigue pasando.
Pasa en el parque de la colonia, donde vemos al adulto mayor sentado todos los días en la misma banca y ya ni volteamos a saludar porque “siempre está ahí”.
Pasa cuando una madre intenta vender algo bajo el sol para completar el gasto y preferimos cambiar de banqueta.
Pasa cuando vemos a una persona en situación de calle cerca de un semáforo y decimos “qué triste”… desde el coche y con el vidrio arriba.
Pasa cuando en las calles de Hermosillo alguien necesita ayuda, pero todos tenemos prisa.
Pasa cuando hay un choque menor y lo primero que hacemos es sacar el celular, no para ayudar, sino para grabar.
Pasa cuando una colonia se queda sin agua o sin alumbrado y la reacción se queda en una queja en redes, no en organización comunitaria.
Y también pasa cuando ocurre algo más grande, más visible, más impactante.
Ahí está el incendio de Waldo’s.
Un hecho que muchos vimos en tiempo real:
videos, transmisiones, comentarios, opiniones.
Gente grabando, gente compartiendo, gente preguntando qué pasó.
Y la pregunta incómoda es inevitable:
¿ahí hubo fraternidad?
¿O solo hubo espectadores?
Porque la fraternidad no es solo conmovernos ante una tragedia,
ni grabarla desde lejos,
ni opinar después.
La fraternidad habría sido preguntarnos:
¿están bien quienes trabajaban ahí?
¿qué pasó con quienes perdieron su empleo?
¿cómo se acompaña a quien lo perdió todo cuando ya no hay cámaras ni transmisiones en vivo?
Ese incendio nos confrontó con una realidad:
sabemos reaccionar,
pero no siempre sabemos responder.
Nos hemos acostumbrado a ver sin mirar.
La tecnología nos prometió cercanía, pero también nos entrenó para una empatía de baja intensidad.
Reaccionamos, pero no respondemos.
Observamos, pero no nos involucramos.
La fraternidad real nunca fue digital.
La fraternidad es detenerse, es mirar a los ojos, es incomodarse.
Es entender que el otro no es paisaje urbano, no es estadística, no es contenido.
Hoy vemos pobreza, violencia, soledad, migración, abandono…
y lo normalizamos porque lo vemos todos los días en una pantalla.
El algoritmo nos entrena para seguir de largo.
La ciudad también.
Pero la fraternidad no se mide en likes.
Se mide en actos.
En el saludo que damos.
En el tiempo que regalamos.
En la ayuda que no publicamos.
En la injusticia que no ignoramos.
En el “¿estás bien?” que sí espera respuesta.
Hoy, Día de la Fraternidad, la pregunta no es qué vamos a compartir,
sino qué vamos a hacer.
¿A quién hemos dejado de ver en nuestra propia colonia?
¿En qué momento confundimos empatía con reacción digital?
¿Y cuántas veces pasamos de largo pensando que “no nos toca”?
Porque a lo largo de la historia, cada vez que la fraternidad se debilitó,
las sociedades se fragmentaron.
Y cada vez que la fraternidad se activó,
las comunidades resistieron.
La fraternidad no es solo un valor bonito.
Es una deuda social.
Un gobierno sin fraternidad se vuelve burocracia.
Una política sin fraternidad se vuelve cálculo.
Y una ciudad sin fraternidad se vuelve indiferente.
No bastan discursos,
ni campañas,
ni hashtags.
La fraternidad se demuestra en decisiones públicas,
pero también en decisiones cotidianas.
En no delegar toda la responsabilidad.
En asumir que lo común también es mío.
Porque la fraternidad no es caridad.
Es corresponsabilidad.
Y hoy, más que nunca,
en Hermosillo, Sonora,.el país, en este tiempo que vivimos,
necesitamos menos likes
y más humanidad organizada.
Ajá, telodije.
